26 dic. 2009

Reflexiones tras cumbre de Copenhague

Reflexiones tras cumbre de Copenhague

Con un árbol puedo hacer un lindo escritorio, pero no puedo convertir un escritorio en árbol, salvo que llame a Mickey Mouse, como “aprendiz de brujo” y consiga el “milagro” con su varita mágica. La imaginación lo puede todo, pero la realidad es otra, es otra racionalidad. En consecuencia, tienen que pasar muchos años para que reaparezcan todos aquellos árboles que destruí. Lo mismo si termino con las algas marinas, con los peces y otras especies, o contamino ciudades como La Oroya y ríos como el Mantaro.

La pregunta es saber dónde está el problema y creo que está en la forma como se ha concebido la llamada sociedad industrial, aquella en la que las chimeneas contaminantes son el principal símbolo. Hablo de sociedad industrial, no de capitalismo o de socialismo, porque los dos sistemas se han concebido bajo las categorías de la sociedad industrial. Ponemos el caso de China y de Estados Unidos, sistemas políticos distintos, pero iguales en cuanto que su crecimiento depende fundamentalmente de la industrialización.

MITES DEL CRECIMIENTO
Es una racionalidad, una estructura lógica de la cultura occidental, que ha entrado en conflicto con la “lógica” de la naturaleza que ahora nos reclama. Entonces descubrimos que debemos ponerle límite al crecimiento industrial, porque si no la terrible e indiferente respuesta de la naturaleza con sus leyes se “empozará en el alma”, como dice el gran poeta.

¿Pero qué hacemos? Habrá que repensar nuestro sistema de producción, mirar al pasado a las culturas hidráulicas que vivieron más próximas a la naturaleza, sin renunciar a los grandes avances de la ciencia y de la técnica. Esto es muy importante, como lo es la decisión política de todos los gobiernos del mundo, de Naciones Unidas, de los organismos internacionales y de la sociedad civil en todo el mundo. Como se sabe, en 1992 Albert Gore escribió “Earth in the balance: Ecology and the human spirit” (La tierra en el balance: Ecología y el espíritu humano), sin duda ahora un clásico que se ha convertido en un documento histórico imprescindible, decisivo. Luego vino la famosa película “Una verdad incómoda”, pero antes, en 1972, el Club de Roma publica un estudio titulado “Los límites del crecimiento” en una fecha en que todavía la problemática del medio ambiente no estaba tan presente como ahora y solo quedaba en los claustros universitarios para el debate y en los laboratorios de los científicos.

Hoy el tema ecológico es central, un fenómeno inseparable de nuestra cultura, se ha convertido en el tema de la opinión pública mundial. El mal ha sido detectado, pero sociedad industrial significa más que producción, ganancia y relaciones de mercado, porque bajo este concepto hemos construido toda una cultura, con sus logros y fracasos, con sus aportes y contradicciones, con sus poderes y contrapoderes.

LA ECONOMÍA ENTRÓPICA Y EL FIN DE LA UTOPÍA DEL CRECIMIENTO
Nicholas Georgescu-Roegen, uno de los principales representantes de la economía entrópica, explicado por el filósofo Fernando Mires en su obra “La revolución que nadie soñó o la otra posmodernidad”, ha postulado a partir del concepto de la irreversibilidad un cambio fundamental en el pensamiento económico, porque dice este economista que si tomamos en serio la ley de la entropía, del griego “entrós” que significa voltear y consiste en pasar del orden al desorden, el crecimiento en cuanto tal es absolutamente imposible. Interpretando esta nueva visión del crecimiento comenta Mires que efectivamente “en la medida en que producimos más en menos tiempo, mayor es la cantidad de energía no reinvertible que producimos y, en consecuencia, menor la cantidad de energía disponible”. Entonces, mientras mayor sea el crecimiento económico también será mayor el decrecimiento de la naturaleza. Estamos ante una noción totalmente diferente del tiempo económico que tenemos, porque “mientras mayor es el avance de la producción, menor es el tiempo traducido en energía disponible que nos queda”.

Este planteamiento subvierte las teorías económicas productivistas en el sentido de que si producimos más, entonces avanzamos más en la meta del progreso y del desarrollo, pero en realidad estamos retrocediendo y a veces rápidamente.

La segunda ley de la termodinámica aplicable al crecimiento nos dice “que el tiempo de la economía moderna avanza en forma de count down” (cuenta atrás, o sea, como se ha dicho, mientras más se avanza, más se retrocede). Estas son las enseñanzas que nos deja Georgescu-Roegen.

Este descubrimiento y nuevo enfoque para comprender los problemas del crecimiento económico a través de conceptos provenientes de la física que están directamente vinculados con el uso de recursos disponibles para alcanzar el desarrollo y el progreso, sin duda nos plantea un problema y un reto. Porque desde luego, lo que se pretende es mejorar las condiciones materiales y espirituales del ser humano y, como sabemos, el crecimiento en la forma concebida no es solo desigual en los pueblos de las naciones que han optado por la industrialización, sino a nivel mundial, por ejemplo el norte rico y el sur o gran parte del sur, pobre. Hemos llegado, como dice Mires, “al fin de la utopía del crecimiento eterno”. Entonces tenemos que cambiar nuestra visión de crecimiento y progreso y actuar en rigor conforme a este cambio.

¿Cuál sería la solución? Explica el filósofo: “la tarea histórica que encomiendan las lecciones de Georgescu-Roegen es la de estimular una economía de bajos niveles entrópicos, o economía sintrópica (pasar del desorden al orden), lo que significa entrar en abierta contradicción con muchas empresas orientadas a la obtención inmediata de ganancia monetaria, dosificar ciertas tecnologías, recurrir a otras que permitan la utilización de recursos renovables y el reciclado, como la utilización masiva de la energía solar y otras que no destruyan el planeta”.

POR UNA NUEVA TEORÍA DEL VALOR
Altvater, otro científico preocupado por el crecimiento económico tal como está concebido, sostiene que “no queda otra alternativa que proponer políticas de ahorro energético y devolver a la economía a su lugar originario como ciencia de la administración de la escasez, porque si el crecimiento de la entropía fuera igual a cero o incluso negativo no habría escasez, y luego la economía carecería de sentido”.

Se podría, por ejemplo, a escala mundial crear un impuesto ecológico para financiar la reforestación, reducir la tendencia del calentamiento de la tierra o el crecimiento de los océanos o la contaminación del agua. Sería una suma de dinero gigantesca, mucho mayor que los 100 mil millones de dólares que se quiere invertir para recuperar los niveles normales a fin de que la naturaleza recupere lo perdido. Pero hay un problema aun mayor: tendrá que concebirse una nueva teoría del valor. Dice Altvater, citado por Mires, “Por medio de la ignorancia del tiempo y del espacio, la naturaleza es reprimida, y ya que el ser humano es naturaleza, es también reprimido por ser natural”. Tiene que haber un nuevo cálculo económico, una nueva visión del valor.

En la contabilidad de la economía moderna que nos rige el “valor desgaste de la naturaleza” no está involucrado. Si cada empresario tiene que llevar una doble contabilidad, la de su economía privada y la de su empresa, ahora tendrá que incorporar una tercera contabilidad, la del desgaste de la naturaleza.

Al respecto, interpretando a Georgescu-Roegen y Altvater, afirma Fernando Mires: “Una nueva teoría del valor que integre en su composición orgánica el valor de la naturaleza, además de la maquinaria y el de la fuerza de trabajo, nos remite a la imposibilidad de calcular el valor de los productos pero, a la vez, nos remite a la posibilidad de su evaluación”.

El tema central, lo esencial para afrontar los problemas ecológicos desde la economía, estaría entonces en que se geste una nueva teoría del valor que pueda desplazar el concepto de cuantificación por el de evaluación, lo que nos permitiría ingresar a una concepción distinta de la economía que no está basada en cantidades sino en probabilidades. Esta propuesta que viene de la ciencia y desde la filosofía científica, debe ser estudiada, meditada y aplicada si queremos un mundo más humano y en armonía con la naturaleza.

Fuente:

http://elcomercio.pe/impresa/notas/reflexiones-cumbre-copenhague/20091226/386148

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